Una de las personas que nos hace más daño en nuestra vida somos nosotros mismos. Sin conocimiento culpamos primero al mismo diablo, al amigo, a las circunstancias, a la iglesia, al pastor y hasta hemos llegado al extremo de echarle la culpa de las metidas de pata a Dios.

Debes de tener claro que Dios te creó, Él te conoce mejor que nadie y obviamente sabe lo que te conviene. Pero conforme vamos creciendo esa verdad va marchitando en nuestra mente pero sin perder su veracidad en la realidad. El hecho que nosotros tendamos a actuar conforme a nuestros ideales, no quiere decir que es el buen camino y que la voluntad de Dios está con nosotros.

La mayoría de los problemas que hemos o estamos viviendo son resultado de no hacer lo que nos conviene y hacer lo que no nos conviene. ¿Por qué sucede esto? la respuesta es hasta un tanto simple y retadora: ignoramos a Dios en las decisiones de la vida. Pero me dirás “¿yo? jamás he ignorado a Dios y nunca lo haré”, pueda que tengas razón que en tu corazón no exista esa rebeldía pujante; sin embargo tu vida espiritual lleva años en un estancamiento y poco a poco entiendes menos el lenguaje espiritual, ya se te olvidó, ya no entiendes los mensajes discretos de Dios, ya no haces caso a los “silbos apacibles”, te has vuelto tardo para oír.

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La gran mayoría ha confundido las palabras de Jesús cuando se refería a los niños y decía que”de los tales es el reino de los cielos”. Una cosa es la pureza del niño, su limpio corazón y su nada contaminada mente; otra muy diferente es la negación a crecer y hacerse responsable de la vida espiritual.

He conocido a muchos que solo les gusta tomar leche, no tener ninguna responsabilidad, ningún trabajo a su cargo, sin trabas ni compromisos. Vienen las dificultades de la vida y su vida espiritual se hace añicos, tropiezan y se hacen daño con el primer juguete que se encuentran en el camino. Porque nunca quisieron crecer espiritualmente hablando, se comen la plastilina, se llevan a la boca cualquier cosa como monedas, papel, tierra y juguetes de la mascota de la casa. He visto como personas han permanecido en una niñez espiritual no teniendo un cambio genuino y siempre en el juego de hacerse los analfabetas.