Cuando estaba muy pequeño y mis padres me tomaban en sus brazos, venían hermanos y les decían: “cuando crecen es el problema”. Fui creciendo y cuando ya era casi un adolescente: “ya verá que a esa edad son tremendos los jovencitos, ya lo verán”. Luego fui creciendo y esas predicciones jamás pasaron, soy una persona, gracias a Dios, que nunca ha desfallecido en el camino de la búsqueda de Dios.

Mis padres decidieron no permitir que esos miedos despertaran. En cambio ellos despertaron su fe. Ellos no esperaron que sus hijos causaran problemas, esperaron que se destacaran. Esperan que hagan grandes cosas con sus vidas.

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Envidiar es una emoción que no sólo implica anhelar lo que la otra persona tiene, querer estar pasando por la misma circunstancia que el otro; el acto de envidiar implica mucho más: te coloca en un plano de continua insatisfacción y de queja permanente. La envidia nace de la sensación o de la creencia de que nunca voy a tener lo que el otro posee.

Son emociones que lentamente nos destruyen, sin darnos cuenta de que la procesión va por dentro.

Reyerta, incomodidad, rabia y ahogo son sentimientos con los que nos encontramos al pensar que no hemos alcanzado lo que otros sí tienen.

Podemos envidiar un carro, un cuerpo espectacular, una casa hermosa, una inquebrantable salud, un cargo de jerarquía, un buen esposo, una mujer atractiva e inteligente, las habilidades de un amigo y muchas cosas más.


Existe un mito en buena parte de la población mundial que la mujer es el ser chismoso por excelencia. Tengo que admitir que ese mito no me es del todo desagradable tomando en cuenta que soy hombre, pero en el intento de ser totalmente sincero, el mito anterior es irrevocablemente falso.

En una hora podemos estar orando, leyendo la Biblia en voz alta o diciéndole cosas lindas a nuestra pareja, y a la siguiente hora poder estar matando a una persona con nuestra lengua. Estoy totalmente convencido que la única manera de evitar y eliminar el chisme, la crítica despiadada y destructiva es solamente existiendo dos personas en el planeta Tierra. Si hay tres humanos, ten por seguro que habrán malos entendidos más temprano que tarde.


Creo que todos y cada uno de nosotros hemos escuchado la frase “Yo hago lo que se me ronca la gana” al dar a entender que la persona es libre de hacer lo que ella quiera, cuando quiera y como quiera. Si bien es cierto hay leyes, pero cada uno toma la decisión de respetarlas o no, por lo tanto al final viene siendo casi lo mismo, que la gente hace lo que se le venga en gana hacer.


Si has escuchado el canto de un pajarito por las mañanas, si los rayos del sol algún día te han obstaculizado la vista, si en algún momento has disfrutado de la sombra de un gran árbol, si has experimentado el tierno cuidado de una mascota como un perro, un gato o un perico, si has podido estrechar la mano de otra persona y sentir su abrazo, si las olas del mar te han empujado a la playa, si alguna remota vez has visto el azul del cielo y lo blanco de las nubes, déjame decirte este día que no tienes excusa de asumir demencia de la existencia de Dios y su justicia.