¿Nunca le has hecho un cumplido a algún extraño? ¿A un empleado de un banco al momento de cambiar un cheque? ¿A un asistente en el consultorio del doctor? ¿A quien te atendió en un almacén?

Creo que me dirás “eso de hacer cumplidos a los extraños no es conmigo”. Pues en nuestros días te diré que es hasta un poco peligroso. Pero más de alguno de nosotros lo hemos hecho.

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Hubo un personaje de la historia que fue emblemático en la cultura estadounidense, estoy hablando del vigésimo sexto presidente de esa nación, Roosevelt.
Todos los que visitaron a este caballero quedaron asombrados por la profundidad y la diversidad de sus conocimientos. Fuese un vaquero o un soldado de caballería, un político de renombre o un doctor en medicina quien lo visitaba, Roosevelt sabía de qué hablar. ¿Cómo lo lograba? La respuesta le parecerá hasta absurda de lo sencilla que es. Siempre que Roosevelt esperaba a un visitante se quedaba hasta muy tarde la noche anterior a su llegada, instruyéndose en el tema sobre el cual sabía que se interesaba particularmente el huésped esperado.
Roosevelt no ignoraba, como los grandes líderes, que el camino real hasta el corazón es hablarle de las cosas que más preciadas le son.