¿Alguna vez te has arrodillado ante una persona o ante algún objeto inanimado? Luego de leer esta corta reflexión ten cuidado a quien rindes culto y veneración.

El apóstol Juan (quien escribió el Apocalipsis o Revelaciones) se encontró con una situación penosa en el capítulo 19. Juan se postró a los pies de un ángel para adorarlo. Lo sorprendente de todo es la respuesta tajante pero a la vez amable y humilde que le dio el ser celestial al mortal. El ángel le dijo que no se postrara ante su persona, que no le adorara ya que era un consiervo de él (de Juan) y de todos los hermanos que retienen el testimonio de Jesús.

¡Qué sabiduría la de ese ángel! cuando leí este versículo se me vino a la mente todas aquellas veneraciones y puestas de rodillas que algunos hacen ante personas y/u objetos totalmente inanimados y de creación humana. La Biblia es sumamente clara (y ojo estamos hablando de la misma Biblia) al hablar sobre la idolatría de este mundo.

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Estoy leyendo el libro que a nadie le gusta leer o que pocos le hacen caso, estoy hablando del Apocalipsis o Revelaciones. Todo el libro está lleno de metáforas, simbolismo y tramas cargadas de actos sin precedentes. En el capítulo 16 me llamaron la atención dos pequeños versículos el 10 y el 11, donde habla de siete ángeles y sus respectivas copas. Si bien es cierto no te quiero hablar de los significados de cada copa ni mucho menos, sino más bien de las ¡tremendas! consecuencias del orgullo de un ser humano.

Esa frase “mordían de dolor sus lenguas” me ha cautivado y creo que jamás se me olvidará. ¡Hasta donde es capaz el ser humano de sufrir por el orgullo! llegar al punto de morderte la lengua del puro dolor, y después maldecir a Dios, todo por no ceder un espacio en sus ideas y munditos diminutos y minúsculos.

El orgullo es un tremendo defecto que puede acarrearnos mucho dolor, mucho sufrimiento y hasta la muerte. El hombre muchas veces prefiere morir o quedarse solo en vez de aceptar sus errores, o darse por vencido. Hay personas que saben que hacen mal, saben que lo que hace les perjudica a ellos mismos, pero no paran de actuar de esa manera tan desacierta por el simple y sencillo hecho de no doblegarse, de no mostrar debilidad ante el vecino, amigo o prójimo.