Hubo un personaje de la historia que fue emblemático en la cultura estadounidense, estoy hablando del vigésimo sexto presidente de esa nación, Roosevelt.
Todos los que visitaron a este caballero quedaron asombrados por la profundidad y la diversidad de sus conocimientos. Fuese un vaquero o un soldado de caballería, un político de renombre o un doctor en medicina quien lo visitaba, Roosevelt sabía de qué hablar. ¿Cómo lo lograba? La respuesta le parecerá hasta absurda de lo sencilla que es. Siempre que Roosevelt esperaba a un visitante se quedaba hasta muy tarde la noche anterior a su llegada, instruyéndose en el tema sobre el cual sabía que se interesaba particularmente el huésped esperado.
Roosevelt no ignoraba, como los grandes líderes, que el camino real hasta el corazón es hablarle de las cosas que más preciadas le son.

Anuncios

Debemos de comenzar por algo que todo el mundo sabe, o al menos se supone que sabe: Que la expresión de un rostro es mas importante, mucho más, que la ropa que nos ponemos.

Las acciones dicen más que las palabras, y una sonrisa expresa: “Me gusta usted. Me causa felicidad. Me alegro tanto de verlo.” La sonrisa de un bebé tiene el mismo efecto.

¿Una sonrisa poco sincera? No, a nadie engañaremos. Sabemos que es una cosa mecánica y nos causa enojo. Hablo de una verdadera sonrisa, que alegra el corazón, que venga de adentro, que valga buen precio en el mercado de sonrisas verdaderas.