No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero


Todos nosotros sin lugar a dudas hemos hecho algo que no queremos hacer debido a presiones, órdenes y obligaciones que nuestros jefes, líderes o padres nos han establecido. La anterior se puede decir que es normal, todos hemos sido hijos y por ende recibido órdenes de cómo vestir, a qué hora comer y cosas por el estilo. En nuestros trabajos recibimos órdenes de manera constante a través de nuestros superiores. En las iglesias solemos recibir indicaciones de nuestros pastores o líderes. Considero que estas instrucciones fueron dadas por nuestros padres, jefes o superiores por un determinado fin que en general buscaba el desarrollo de una actividad en especial o un bien en común aunque no lo entendiéramos en un principio.

Lo extraño y aterrador es cuando hacemos algo que no queremos hacer sin tener de por medio alguna presión de un tercero. Resulta que le gritamos a la persona que no le queremos gritar, tratamos con poca educación a nuestros amigos sin quererlo hacer, traicionamos al amigo de infancia en contra de nuestra voluntad, despreciamos al amor de nuestra vida sin tener la mínima intención de quererlo hacer así, nos ponemos el cigarro en la boca teniendo todos los deseos de dejar el vicio, tenemos relaciones sexuales ilícitas sabiendo que no lo queremos hacer, llegamos tarde a nuestros compromisos sin tener la menor intención de planearlo así. La lista puede seguir y resultaría casi interminable.

Pero ¿Por qué hacemos el mal que no queremos hacer? Y más contradictorio aun ¿Por qué no hacemos el bien que queremos hacer? Espero que tu mente esté totalmente atenta a esta altura de la lectura. En la mayoría de las veces hacemos el mal que no queremos hacer. Sabemos que tenemos mucho trabajo que hacer pero es precisamente el que menos hacemos. Nos hemos embotellado en un problema que a todas luces sale de nuestras manos y capacidad. Resulta espantosamente difícil dejar la gritería, el chambre, el alcohol, el sexo ilícito, la pornografía, el cigarro y todos aquellos actos deshonestos como la mentira, el odio, el robo y el chantaje. La mayoría de estas cosas no las queremos hacer, distamos a años luz de querer practicar un mal pero para sorpresa de todo el mundo las seguimos practicando.

Actuamos en contra de nuestra voluntad, hacemos justo lo que no queremos hacer, pero ¿Por qué somos así? Desde que se nos dice que tal o cual cosa no es correcto o no es del todo beneficioso para nosotros, comienza a ganar terreno nuestro peor enemigo: el pecado. Ese pecado que resulta de conocer el bien y el mal nos empuja a realizar precisamente aquellas cosas que no queremos hacer y que sabemos que están mal. Pero ¿Cómo salir de ese círculo vicioso? ¿Cómo evitar seguir haciendo y practicando lo que no quiero hacer?

Está totalmente fuera de nosotros el poder salir con nuestras propias fuerzas, debemos de buscar ayuda de nuestros verdaderos amigos, debemos de acudir al consejo sabio, y sobretodo debemos acercarnos a Dios y darle el control de nuestra mente y nos ayude a frenar definitivamente todo este mal actuar. “El querer el bien está en mí, pero no así el hacerlo” es la frase que reina en la vida de muchos de nosotros; pero permitiendo que Dios gobierne nuestra vida podemos transformar la frase anterior en la siguiente “El querer el bien está en mí, así también el hacerlo”.

Romanos 7. 18 Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. 19 Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. 20 Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.

por Josué Manuel Guzmán

josueguzman.worpress.com

Anuncios